Mi cabeza explota llena de todas las historias que en ella nacen, mis ojos no ven, absortos en un universo ajeno al que habito, mis oídos no escuchan, muy ocupados por entender los susurros que se hospedan en mi mente y mis mejillas duelen por sostener las sonrisas falsas que tiran de mis labios para que la gente no se preocupe. Estoy presente pero ausente y las personas no lo notan. Hace tiempo estoy encerrada aquí, en mi cabeza, pero no logro encontrar el agujero de conejo que me traiga de vuelta a la realidad. Cuando me sumergí en sus profundas aguas lo hacía con la esperanza de escapar un tiempo de la realidad, de poder apartarme de todo eso que hacía que mis ojos se taparan por las lágrimas que en ellos se agrupaban y de los sollozos que quemaban mis pulmones exigiendo un poco de atención desaparecieran, nunca espere que lentamente ese mundo que yo había creado y que tantas veces me había proporcionado protección y cobijo, me atrajera con sus encantos de fantasías que no podía hacer realidad y me encarcelara en un calabozo de las profundidades de mi mente y absorbiera todo mi ser hasta dejarme a su merced e impedirme el salir una vez más a contemplar el mundo que yo misma había abandonado.