Parar, en definitva debo parar.

Parar de dañarme, parar de lastimar a los demás, parar de estar mal conmigo misma y con los demás... pero, maldición, se siente bien sacar la ira y rabia en algunos momentos, pero no haciéndome daño a mí misma. Ni tú a tu cuerpo, a tu mente o a tu vida.

Y, vale, soy la menos indicada para decirlo pero es que debo hacerlo: no te lastimes, no te hagas daño, no te derrumbes a causa de los malos ratos y te dejes llevar por el momento, aunque cabe admitir que cuando sacamos los "demonios" se siente bien, pero no es lo correcto. No.

Las autolesiones funcionan como drogas: una vez que lo pruebas, no puedes para. Una raya (o golpe), dos, cinco, ocho... infinitas que se quedan en ti, y cuando llega el momento en que recapacitas, las ves y te culpas por la idiotez, pero no es malo; por supuesto que no. Es más, estas marcas nos recuerdan nuestras luchas, luchas que anteriormente no podíamos vencer y que más adelante recordaremos y nos servirá de insentivo para seguir.