De la misma manera que en amaba el silencio, en esa misma proporción tenía ruido en su vida. Cada mañana era como un tormento con llanto a su alrededor y el sonido objetos al moverse que más que tranquilizarla amenazaban con romper de forma indefinida su cordura.

Adoraba sentir la paz que el silencio le otorgaba, pero vivía en medio de personas que no sabían callar, el constante contraste que sentía estando justo en el punto más alejado de donde desearía estar había sumado a su frente un par de arrugas que en vez de ser de alegría al reírse, eran de amargura al mandar a callar a cualquiera.

Sabía que no duraría mucho, pero ya había durado demasiado. No sabía como hacer de que todo a su alrededor se detuviese sin tener que caer en los mismos gritos que la rodeaban.

Amaba sentir la paz, pero estaba lo más lejos del silencio posible, no sí era la costumbre del día a día pero no quería volver a ver a ninguno nunca más, sus carcajadas y sus grillos eran como una coral desentonada que subía de volumen en su cabeza en la medida en que quería hacerlos callar.

Sabía que no era lo que deseaba, pero sabía que si se alejaba, empezaría a odiar el silencio porque le habría quitado la alegría de saberse en medio de una familia.

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