Eras escalofríos y piel de gallina.

Eras éxtasis permanente.

Eras querer querer.

Eras el ajetreo de Gran Vía un sábado por la tarde, previsible pero sorprendente.

Eras roce, latidos y dependencia.

Eras esos primeros y últimos días de verano, tan embriagadores y llenos de libertad.

Eras todos los días de la semana sin madrugar, la luz que entraba por los huecos de la persiana.

Eras refugio.

Eras desesperación, necesidad.

Eras subir a la montaña más alta y gritar.

Eras mi lugar favorito para perderme.

Eras la melodía que tarareaba en cada canción.

Eras la fuerza en mis palabras.

Eras febrero, eras mayo y eras noviembre, eras todos los meses del año y unos cuantos del siguiente.

Eras el bar al que acudía a olvidar y eras lo único que al final recordaba.

Eras yo intentando ser mejor por ti.

Eras yo queriendo merecerte.

Eras yo, porque te acabaste convirtiendo en parte de mí.

Eras y dejaste de serlo.