*Autoria propia

Es el año 2045. El mundo está desierto ahora. Solo el 10 por ciento pudo salvarse. Todos lo sabían, pocos lo esperaban, solo una mínima parte estaba preparada, y ni siquiera eso les permitió sobrevivir. La civilización ha muerto. No queda nada de lo que algún día existió. Nada. Las calles están completamente vacías, las tiendas saqueadas. No hay mucha vegetación y tres cuartas partes del agua bebible están contaminadas. Faltan días, quizá horas para que los suministros se agoten. Tenemos que encontrar otra salida. ¿Qué hicimos? ¿En qué nos convertimos? ¿Por qué nuestra sed de poder nos llevó a esto?

Aún recuerdo el día que se emitió la señal. Han pasado cinco años desde entonces, pero parece que fue ayer; jueves por la noche, todos están en sus casas después de un largo día de trabajo. La tv está encendida, papá yace en el sofá más grande, leyendo, mientras mamá termina con los preparativos de la cena. Hoy se ha arreglado, se ve linda con los risos enmarcando su rostro. En realidad todos lo han hecho pues es un día especial. Jueves 30 de abril de 2040, mi cumpleaños.

La cena está servida, entre juegos y charlas vamos a la mesa. Papá está a punto de apagar el televisor cuando la señal es invadida por un aviso que dura menos de un par de minutos. Eso basta para llamar nuestra atención. El fondo es igual a cualquier informativo político; el presidente está sentado en su escritorio, pero contrario a las veces anteriores parece nervioso, a punto de echarse a correr en cuanto todo termine. ¿Pero qué? ¿Qué es lo que tiene? ¿Qué está pasando? Las palabras “Alerta” y “virus” son repetidas más de una vez. El hombre de la imagen pide calma. “Prepárense”, dice. “Consigan todo lo que puedan. Todo lo necesario... Y que Dios nos perdone por esto”. Luego nada. Mamá niega incrédula, ¿Cómo un virus puede ser tan peligroso? ¿Por qué lo hicieron? Mi padre trata de tranquilizarla, pero nada funciona. Yo estoy aun en shock. “Charlie. Princesa, escúchame: no va a pasar nada malo, no lo permitiré”.

El plan fue sencillo y poco elaborado: quedarnos en casa hasta que sea necesario salir. Tener una mochila preparada para eso, solo con cosas indispensables. Obedecer a mis padres y nunca separarme de ellos. “Si pasa algo corre. Corre y no mires atrás. No regreses aunque gritemos que lo hagas, Charlotte”. Ella besa mi frente, puedo sentir sus mejillas mojadas. Él camina de un lugar al otro; se siente nervioso, impotente.

La calma dura solo un par de horas. Tengo escasos diez minutos dormida cuando la alarma de la ciudad comienza con su llanto. Afuera se escucha un alboroto: gente gritando, algunos por el miedo y otros con alaridos que no termino de comprender. Han llegado más pronto de lo que imaginamos. Queremos quedarnos en casa, sí, pero es imposible. Se escucha un forcejeo en la puerta principal que hace que papá nos haga una señal con la mano, “no hagan ruido”, a pesar de que, además de los sonidos del exterior, solo se escuche nuestra agitada respiración. Otro movimiento brusco y entonces la puerta cae al suelo. No sé ni siquiera cómo logro reaccionar, pero cuando lo noto ya estamos corriendo hacia el garaje. Una fila india, ellos protegiéndome. Él adelante, con una escopeta entre las manos. Ella atrás con una pequeña pistola automática.

Un sonido que revuelve mis entrañas aparece al fondo, luego una queja por parte de mi madre y una lluvia de disparos de su parte. Nada funciona. No es solo uno el que la tiene, al menos hay diez que ya nos han visto. Puedo escuchar algo parecido a cuando un perro lucha contra un gran trozo crudo de carne, luego el gorgoteo de la sangre que emana de un cuerpo que no distingo por completo y más de un chillido de dolor. No. No. No. Quiero sacarla de ahí, desaparecer toda esta irreal escena. Busco a papá,él también lucha por apartarlos, pero no parece haber fuerza que lo logre. “Llevatela. Salgan de aquí”, es lo último que escucho de parte de la mujer antes de que una última bala retumbe en mis oídos. Grito con desesperación y corro al tumulto, pero mi padre logra tomarme cual costal de patatas. Grito, pataleo, y cuando no puedo más una hilera de lágrimas recorre mi rostro. Se cumple lo prometido, nadie mira atrás, a pesar de que al salir el vecindario que alguna vez fue el más tranquilo ahora está destrozado.

Ellos dicen que es un virus experimental que se salió de control, incluso en alguna ocasión trataron de nombrarlo “enfermedad” o “trastorno mental”. Pero yo los vi de cerca; esas cosas no están vivas, ni siquiera parecen personas. Y si no encuentran una cura, pronto lograrán terminar con la humanidad