Estoy en un laberinto y no logro encontrar la salida. No tiene paredes ni barreras, pero me encierra y me impide salir. Se transforma constantemente, la semana pasada me pareció estar en una prisión, con cadenas en mis muñecas y guardias que me decían que hacer.

Recuerdo que el lunes era un bosque, con espesos árboles que impedían la luz, y con raíces tan largas y anchas que me tocaba escalarlas para poder pasar, pero caía de ellas y me adentraba en un hoyo que me sofocaba, no me dejaba mover y me hacía difícil el respirar.

El día anterior se convirtió un simple bote de madera, que navegaba sin rumbo alguno en un océano al que no se le veía el final, solo balanceándose de lado a lado buscando una orilla que jamás va a encontrar.

No puedo dirigir el bote, ya que este no posee vela ni tampoco remos, solo un ancla que se golpea con todas las rocas que logra alcanzar, pero que soy incapaz de subir otra vez al bote porque no poseo la suficiente fuerza. Tampoco puedo saltar al océano y nadar, ya que cabe la posibilidad de que si lo hago el escenario volverá a cambiar, y si el destino me da un poco de suerte y me proporciona una oportunidad de luchar contra la marea, me ahogare antes de llegar a la orilla.

Recuerdo los días en que este laberinto solía ser mi lugar favorito, acostumbraba a pasar horas y horas sumergida en sus profundidades, caminando por prados llenos de diversos tipos de pájaros que me cantaban hasta hacerme dormir, o recorriendo los millones de pasadizos de un castillo en donde yo gobernaba. Pero el tiempo cambio y el laberinto con él, el lugar al que antes ansiaba ir se convirtió en el que más repudiaba y me aterraba cuando me atrapaba, impidiéndome volver al mundo real, haciéndome quedarme en el por horas y hasta incluso días, martillando mi cabeza, impidiéndome dormir, convirtiéndome en un fantasma sólido, pero sin esencia.

Ese laberinto, es mi mente.